Por qué alegra el fracaso de un compañero

TL;DR: La schadenfreude es el placer asociado con el fracaso ajeno. Puede estar relacionada con la rivalidad, la comparación de posiciones o la creencia de que alguien merecía fracasar. La emoción no equivale al sabotaje. Conviene reconocer su origen y separar el interés propio del perjuicio de la otra persona; la investigación organizacional en este ámbito todavía se está desarrollando.

¿Cómo ayuda Empatyzer a comprender la reacción ante el fracaso ajeno?

Empatyzer ayuda a examinar una reacción difícil ante el fracaso ajeno y a preparar una conversación sobre el problema subyacente.

Funciones que pueden ayudarte:

  • Habla con Em sobre ti: Facilita separar la emoción, la interpretación y el propio objetivo en una situación de rivalidad.
  • Motivaciones: Ayuda a reconocer la importancia del reconocimiento, la posición u otras necesidades en la forma de vivir las comparaciones.

«Por fin a él también le ha salido mal»

Un compañero cuyos proyectos suelen recibir elogios comete un error visible. Antes de sentir compasión, experimentas una breve satisfacción. Quizá te avergüences inmediatamente de ella. En otra variante, piensas que su fracaso es una respuesta justa a su conducta anterior. Este ejemplo no significa que seas una persona condenada a hacer daño a los demás. Muestra una emoción que conviene examinar precisamente porque puede sugerir justificaciones cómodas, aunque no necesariamente honestas, para la conducta posterior. Schadenfreude significa sentir placer por la desgracia o el fracaso de otra persona. En el trabajo puede referirse a que alguien pierda una tarea prestigiosa, reciba críticas por una idea o vea disminuir su posición. Se diferencia de la envidia, que se centra en la ventaja ajena, aunque ambas experiencias pueden estar relacionadas. Tampoco es lo mismo que el alivio porque una amenaza haya pasado ni que la satisfacción ante la resolución justa de un problema. El elemento clave es el placer derivado de que a una persona concreta le haya ido mal. Conviene distinguir la satisfacción por el fracaso ajeno del alivio porque el problema no nos haya afectado a nosotros. Estas reacciones pueden mezclarse, pero no tienen el mismo significado. Alguien también puede sentir alivio cuando se descubre una práctica injusta, sin obtener placer del sufrimiento de una persona concreta. Resulta útil preguntar qué produjo exactamente la satisfacción: un cambio en la propia posición, la confirmación de una valoración anterior o la sensación de que se ha restablecido la justicia. No se trata de juzgar moralmente la emoción de inmediato, sino de comprenderla antes de que sirva de base para actuar frente al compañero. Que aparezca una reacción no deseada no determina que la persona deba mantenerla, mostrarla o convertirla en una acción perjudicial para otros.

Qué sabemos y qué sigue siendo una explicación propuesta

La revisión de Dissanayake, Fernando y Biswas de 2026 destaca que la bibliografía sobre este fenómeno en las organizaciones todavía es limitada. Los autores combinan conocimientos de psicología y psicología social para proponer un marco basado en la valoración de la situación. Señalan, entre otros aspectos, la importancia de la justicia, las comparaciones sociales y la identidad. Es una distinción importante: algunos de los mecanismos presentados son propuestas teóricas y no un modelo definitivamente confirmado de la conducta de todos los empleados. Dissanayake et al., 2026. En la práctica, estas perspectivas pueden tratarse como preguntas para reflexionar. ¿El éxito del compañero hacía que nuestra posición pareciera peor? ¿Interpretamos su error como un restablecimiento de la justicia? ¿Nos alegramos porque ha fracasado alguien de un departamento rival? Puede haber más de una respuesta. Lo importante es no considerar la primera interpretación como un hecho indiscutible. La sensación de que alguien «se lo merecía» puede hablar tanto de un daño real como de nuestra necesidad de justificar la antipatía.

La emoción se convierte en problema a través de la conducta

Una breve reacción interna es distinta de divulgar un error, negar la ayuda necesaria o dificultar deliberadamente la reparación. Esta distinción permite mantener la responsabilidad sin moralizar. Podemos percibir la satisfacción y, aun así, actuar profesionalmente: transmitir información, ayudar a reparar el daño y no convertir el fracaso en un espectáculo. Esto no exige fingir cordialidad. Exige separar la propia experiencia de las obligaciones ante la tarea y ante la otra persona. Imaginemos que el análisis erróneo de un compañero amenaza un plazo común. Retener información importante para que «aprenda por sí mismo» también puede perjudicar al cliente y al equipo. Si antes se había atribuido méritos ajenos, sigue siendo conveniente hablar de ese problema, pero por separado. Reparar el error actual no implica aprobar la conducta anterior. Separar ambos asuntos permite defender unas reglas justas sin usar el fracaso ajeno como castigo informal dentro del trabajo compartido. Un clima competitivo puede intensificar estas reacciones cuando el éxito ajeno se presenta ante todo como una pérdida para los demás. Si la organización compara continuamente a las personas, no explica los criterios de reconocimiento y recompensa las victorias individuales a costa de la colaboración, el fracaso de un compañero puede empezar a parecer una oportunidad propia. Es un posible mecanismo para interpretar la situación, no el efecto universal de cualquier sistema de incentivos. Sin embargo, conviene comprobar si los objetivos exigen realmente cooperación y si las reglas de recompensa no la socavan. No basta con pedir amabilidad si las decisiones cotidianas enseñan que ayudar a un rival reduce las oportunidades propias. Por tanto, hablar de emociones también debería incluir las condiciones en las que los empleados valoran los éxitos y fracasos mutuos.

Qué hacer con nuestra propia reacción

Ayuda nombrar qué produjo exactamente el alivio. «No soy la única persona que comete errores» apunta a una necesidad distinta de «por fin ha perdido su ventaja». En el primer caso, conviene examinar los estándares que nos aplicamos. En el segundo, nuestros objetivos y las reglas de la competencia. Podemos preguntarnos cómo mejoraría nuestra situación sin que fuese necesario el hundimiento de otra persona. Esta reflexión no elimina la emoción a voluntad, pero ayuda a elegir una conducta menos dependiente de la comparación momentánea. Si existe una injusticia real de fondo, puede ser necesario hablar del proceso: la atribución del reconocimiento, el acceso a proyectos o la responsabilidad por los errores. Alegrarse del fracaso de otra persona no corrige esas reglas. Incluso puede desviar la atención del origen del problema al ofrecer una breve sensación de ajuste de cuentas. Por eso conviene separar «¿qué siento hacia él?» de «¿qué debería cambiar en la organización?». La segunda pregunta suele ofrecer más posibilidades de actuar de forma duradera.

Cómo puede limitar un líder la cultura de alegrarse de los errores ajenos

El directivo debe vigilar que una evaluación pública no se convierta en un espectáculo humillante. Si el fracaso de una persona sirve para elevar la posición de los demás, el equipo puede comenzar a tratar los errores como moneda de competencia. Ayuda hablar objetivamente de las causas, establecer responsabilidades claras y separar la reparación de la burla. También conviene reconocer la colaboración entre departamentos, en vez de movilizar exclusivamente mediante la imagen de un adversario. Un resultado común no debería exigir una inversión emocional en el fracaso de otros. Una prueba práctica de responsabilidad es la conducta tras advertir nuestra propia satisfacción. ¿Transmito la información necesaria o espero que el compañero cometa otro error? ¿Juzgo la situación como juzgaría una equivocación similar de alguien que me cae bien? No hace falta obligarse a mostrar una compasión entusiasta para mantener un estándar de colaboración. Podemos ayudar de forma objetiva, no divulgar una historia humillante y volver a nuestras propias necesidades. Si la reacción nace de una sensación de injusticia, conviene hablar precisamente de ella en vez de esperar el próximo fracaso del rival. La derrota ajena puede ofrecer un alivio momentáneo, pero normalmente no aclara las reglas del ascenso, no mejora nuestro ámbito de influencia ni resuelve el conflicto que antes generó tensión en la relación profesional.

La satisfacción por el fracaso ajeno puede revelar tensión en torno al estatus, la justicia o las comparaciones. Su aparición no determina la conducta posterior. Un paso útil consiste en nombrar la propia necesidad y elegir una acción que proteja la colaboración, en vez de convertir el error ajeno en un instrumento de represalia.

Empatyzer para ordenar la reacción ante el fracaso ajeno

Empatyzer puede ayudar a examinar una emoción difícil sin reducir al usuario a un juicio sobre su carácter. En «Habla con Em sobre ti» se puede describir la situación, separar la reacción espontánea de la conducta prevista y determinar qué problema exige más atención. La pestaña «Motivaciones» ofrece otro punto de partida para reflexionar sobre la importancia del reconocimiento, la posición o la seguridad dentro de esa comparación. Sin embargo, no explica automáticamente las causas de la schadenfreude. Un objetivo práctico del trabajo con Em puede ser preparar una conversación sobre los criterios de evaluación, la necesidad de desarrollo o un trato desigual. Conviene basarla en los hechos de la situación propia, y no en la satisfacción por el fracaso del compañero. Empatyzer no determina la culpa de los participantes ni confirma que el fracaso de alguien fuese merecido. Ayuda a ordenar la perspectiva y a preparar una reacción responsable que no deteriore la colaboración y dirija la atención hacia el verdadero origen de la tensión.

Fuentes e investigación

  1. D. M. Sachinthanee Dissanayake; Mario Fernando; Kumar Biswas (2026). Unpacking schadenfreude: a systematic review and synthesis to advance research on workplace schadenfreude. Management Review Quarterly. https://doi.org/10.1007/s11301-026-00632-x DOI: 10.1007/s11301-026-00632-x

Autor: Empatyzer

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